martes, 23 de enero de 2018



EL TRAGO DE MOCOCHINCHI EN HUANUNI

Doña Pascualina Copa, una orureña de veinticinco años, viuda y madre de dos niñas, al no saber cómo mantener a su pequeña familia, después de la muerte de su esposo en la Guerra del Chaco, abandonó su ciudad natal y se instaló en la población minera de Huanuni, donde se dedicó a la venta callejera de mocochinchi, una bebida refrescante que preparaba a base de duraznos pelados y deshidratados, con azúcar y canela al gusto.

En muy poco tiempo, doña Pascualina Copa se hizo conocida en la plaza principal de la villa minera  y entre los viandantes, que la distinguían por su menuda estatura y su trato amable; lucía un sombrero bombín sobre su cabellera peinada en trenzas; vestía siempre con una mantilla y una pollera con varios pliegues. Como pocas mujeres del comercio informal de Huanuni, doña Pascualina Copa llevaba una chauchera de alpaca amarrada a la cintura, donde guardaba las monedas y billetes que ganaba con la venta del apetecido mocochinchi.

Todos los días, desde tempranas horas de la mañana y hasta muy entrada la noche, se la veía sentada detrás de una mesa llena de jarras y vasos de cristal,  con la mirada vigilante y las ganas de sacar adelante a sus hijas. No le iba nada mal en el negocio, incluso despertaba la envidia de sus compañeras comerciantes, quienes, ya sea bajo el sol o bajo la lluvia, veían cómo doña Pascualina Copa complacía a sus clientes ansiosos por aplacar su sed con uno o más vasos de mocochinchi.
   
Ellas no conocían la receta para preparar la bebida refrescante, que se popularizó en la población tras la llegada de la joven viuda, quien parecía estar acompañada de la buena suerte y la fortuna. Tampoco sabían que doña Pascualina Copa preparaba el mocochinchi antes de acostarse. Todas las noches, ni bien quedaban dormidas sus hijas, ella se ajustaba el mandil blanco y se metía en la cocina, donde vertía un kilo de duraznos secos en una olla, que luego la llenaba con tres litros de agua para remojarlos.

A la mañana siguiente, apenas la luz del alba asomaba a la ventana, se levantaba de la cama, se metía en la cocina y le quitaba la tapa a la olla, donde estaban remojándose los duraznos, para agregarle dos tazas de azúcar, diez clavos de olor y dos palitos de canela en rama. Después encendía la hornilla a querosén, acomodaba la olla sobre el fuego lento y la dejaba hervir alrededor de dos horas. Al finalizar la cocción, retiraba la olla del fuego y dejaba enfriar el mocochinchi, hasta que quedara listo para ofrecerlo bien frío en su puesto de venta.

A varios años de repetir la misma rutina, doña Pascualina Copa logró acumular la suficiente cantidad de dinero para comprar una casa en la zona central de Huanuni, donde se mudó junto a sus hijas, quienes empezaron sus estudios de secundaria en un colegio fiscal.

Como la casa tenía una amplia sala, además de los dormitorios, cocina y baño higiénico, doña Pascualina Copa pensó que podía convertirlo en un boliche, pero sólo los fines de semana y los días festivos, ya que el resto de la semana seguiría vendiendo el refresco de mocochinchi en la plaza principal de Huanuni.

En la sala instaló cuatro mesas, con sus respectivas sillas, y un mesón de madera maciza cerca de la puerta de acceso al boliche. Así empezó con el expendió de bebidas alcohólicas, y luego de un sueño en el que mordió un durazno con sabor agridulce, se le ocurrió la brillante idea de que, con los mismos duraznos secos, podía preparar un brebaje que sería del gusto de los parroquianos acostumbrados a gastar su dinero en bebidas embriagadoras. Entonces se puso manos a la obra, sin darle más vueltas a su idea. Se metió en la cocina y siguió el mismo procedimiento de la preparación del refresco de mocochinchi, con la diferencia de que esta vez contendría aguardiente y lo serviría caliente. Remojó los duraznos secos en agua y alcohol, le agregó canela, clavo de olor y los dejó reposando en la olla.

Al día siguiente, se levantó con una extraña sonrisa en los labios y prosiguió con la preparación del brebaje, con la esperanza de darle un toque final a su idea. Hizo hervir el contenido de la olla alrededor de dos horas, preparó el azúcar hasta dejarlo como un almíbar semioscuro y luego lo vació en la olla para disolverlo totalmente, removiéndolo con un cucharón de palo; al final, tomó una espumadera y coló el contenido de la olla en una cacerola con tapa, donde vertió más aguardiente, lo suficiente como para embriagar al borracho más experimentado y exigente.


Ese mismo viernes por la noche, mientras sonaba la música en los parlantes del boliche, ella llenó los vasos de cristal con el brebaje dulzón y humeante, agregándole uno o dos k’isas. Los acomodó en una bandeja de aluminio y se los ofreció, como el cariño de la casa, a los primeros parroquianos que acudieron al boliche.

Ellos agradecieron el gesto de generosidad y bebieron a sorbos el almíbar mezclado con alcohol, sintiendo que el invento de doña Pascualina Copa les quemaba la lengua, la garganta y el pecho.

–Este trago está sabroso, doña Pascualina –le comentaron–. Tiene un grado de alcohol elevado y un gusto muy especial.

Ella les regaló una sonrisa, meneó la cabeza y no dijo nada.

–¿Y cómo se llama este nuevo trago –le preguntaron relamiéndose los labios.

Ella pensó un instante y contestó:

–Se llama mocola

Desde esa noche, esta bebida que pasó a conocerse con el nombre genérico de mocola, llegó a popularizarse entre los trabajadores y empleados de la Bolivia Tin and Tungsten Corporation de Huanuni.

Doña Pascualina había logrado su cometido. Los parroquianos se multiplicaron en su boliche y el famoso trago de mocochinchi, conocido en otras regiones con el nombre de guacho, se apoderó del gusto y la mente de los huanuneños.

Cuando los parroquianos le solicitaban la mentada mocola, ella les servía en vasos de cristal, con una o dos k’isas que se chuparon el mejor contenido de alcohol.

A estas alturas del negocio, el nombre de la inventora del trago de mocochinchi  estaba en boca de todos y sonaba en todos los oídos; un efecto sensacional que le permitió ganar lo suficiente como para mandar a sus hijas, ya jovencitas, a estudiar en la ciudad de Oruro, desde luego, con todos los gasto pagados. 

Doña Pascualina Copa, conocida también como La Viuda, estaba sola desde que se fueron sus hijas. Recién entonces fue cortejada por uno de sus pretendientes, quien se ofreció ayudarla en el negocio y en todo lo que fuera necesario. Ella aceptó las buenas intenciones del hombre y no tardó en darle un asidero en su casa, consciente de que una mujer, independientemente de su edad y estado civil, necesitaba la compañía de un hombre que la proteja y la ame sin condiciones.

La relación amorosa de doña Pascualina Copa duró algunos años, hasta que una noche, mientras preparaba el trago de mocochinchi, su concubino entró solo sólo un instante en la cocina, se puso a probar el dulzor del brebaje, pero tuvo tan mala suerte que, al término de vaciarse el vaso, la pepa del durazno se deslizó por su lengua y se le atascó en la garganta. El hombre, presa del pánico, intentó arrojar el durazno pero sin lograrlo. Se retorció en violentos espasmos, como un cordero degollado, y, antes de que doña Pascualina Copa alcanzara a entrar en la cocina, perdió la respiración y cayó arrastrando la olla de mocola al piso, en medio de un ruido de cristales rotos y un denso olor a canela y alcohol.

La policía hizo las averiguaciones en torno a las causas de la insólita muerte del hombre de mediana edad y, tras un peritaje que no demoró más que unas horas, llegó a la conclusión de que el concubino de la dueña del boliche falleció por bronco aspiración, en la que no hubo culpables ni testigos.

Doña Pascualina Copa, que quedó sin pareja por segunda vez, fue absuelta de toda sospecha, pero las autoridades municipales, en coordinación con la policía, prohibieron la venta de la mocola, arguyendo que no era una bebida apropiada para los borrachos, quienes, tras una ingesta excesiva de este brebaje dulzón y caliente, podían atragantarse con la pepa del durazno y perder la vida por bronco aspiración, como sucedió con el concubino de la inventor del trago de mocochinchi.

Doña Pascualina Copa, sintiéndose culpable de haber inventado una bebida que podía causar la muerte por un descuido, se retiró del negocio, vendió su casa y retornó a la ciudad de Oruro, donde se dedicó por entero al cuidado de sus hijas; al fin y al cabo, no necesitaba trabajar más, ya que en Huanuni, donde empezó vendiendo refrescos y después tragos de mocochinchi, había ganado lo suficiente como para vivir tranquila por el resto de sus días.

Glosario

K’ISAS: Duraznos remojados.

MOCOCHINCHI: Refresco de durazno deshidratado, más conocido como orejón; se hace hervir en agua los duraznos, se le añade canela y azúcar al gusto.

lunes, 8 de enero de 2018


ALGO MÁS SOBRE EL CUENTO

Está claro que el cuento presenta varias características que lo diferencian de otros géneros narrativos, a pesar de que muchos lo confunden con el relato, que es la narración de un determinado acontecimiento, sin trama ni mayores aspiraciones estéticas, ya que el narrador relata algo que ha visto u oído casi siempre en primera persona, como si él mismo fuese el personaje principal del acontecimiento que narra al mejor estilo de los cronista del periodismo escrito.
 
El cuento, habiendo sido una de las formas más antiguas de la narración oral, se ha convertido en uno de los géneros literarios más modernos, que estimula la vena creativa de innumerables cultores y cautiva a millones de lectores de todas las latitudes y edades.

Los estudiosos consideran que el nombre del género cuento apareció a principios de 1300 para denominar a las narraciones cortas, como es el caso de El Decamerón, compuesto de varias narraciones breves que, en principio, se los conoció como novelas. En El Decamerón, dividido en diez episodios, se relatan las aventuras de cinco damas y cinco caballeros que huyeron de Florencia tras la peste que asoló la ciudad, y que, refugiándose en una casona de campo y a manera de pasar el tiempo, cada uno de ellos cuenta diez historias por turno.

Desde luego que este género literario tuvo otros precursores desde mucho antes de que se escribiera El Decamerón, como son las sagas islandesas o escandinavas, que cuentan, en episodios cortos, los mitos de creación del reino de Odín. Otro ejemplo lo tenemos en Las mil y una noches, donde se abordan temas fantásticos del mundo árabe, con personajes que protagonizan aventuras en la que se yuxtaponen los elementos de la realidad y la ficción.

En prosa, en opinión de la mayoría de los escritores, no hay género literario más perfecto que el cuento, no sólo porque sus atributos más importantes son la brevedad e intensidad, sino también porque es un medio eficaz para narrar historias reales o ficticias, con un lenguaje intenso que puede parecerse a un poema escrito con gran economía de palabras.

El cuento, por su extensión y el manejo de las modernas técnicas literarias, está escrito para ser leído de principio a fin, en pocas páginas y en poco tiempo; quizás por eso, en opinión de García Márquez: El esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como el de empezar una novela. Además, según recomendaciones del maestro: el cuento no tiene principio ni fin: fragua o no fragua. Y si no fragua, la experiencia propia y la ajena enseñan que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino, o tirarlo a la basura.

Esta necesidad de concentración, que obliga al narrador a elegir sólo aspectos fundamentales e imprescindibles para estructurar un cuento, hace, a su vez, que el lector se vea obligado a mantener un estado de máxima atención, para no perder el hilo de la narración y comprender mejor los recursos literarios que manejó el autor para condensar una historia en pocas páginas.

En un buen cuento todo es importante y cada palabra tiene su propio valor, y el lector tiene derecho a someterla a un análisis exigente, incluso microscópico. En el cuento, a diferencia de la novela, la intensidad en la narración es por sí misma uno de sus valores más peculiares. No en vano Julio Cortázar afirmó: Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige.

Si el cuento del siglo XIX solía elegir como tema un momento decisivo en la vida del personaje, el cuento del siglo XX elige, frecuentemente, un momento cualquiera, incluso un suceso sin importancia. Tampoco existe un personaje específico o un final en el que todo queda definitivamente sentado y resuelto para el protagonista, ya que lo importante no radica sobre qué o quién se escribe, sino la forma cómo se escribe; pero, sobre todo, que el autor que cultiva el género literario del cuento esté consciente de que su oficio, de corto pero intenso aliento, consiste en narrar una buena historia, que se parezca a la poesía en su brevedad y a la novela en su estructura.

Ahora bien, si algún lector se pegunta: ¿Cuándo sabe el escritor que un cuento es bueno? La respuesta sería la que dio el maestro García Márquez: Es un secreto del oficio que no obedece a las leyes de la inteligencia sino a la magia de los instintos, como sabe la cocinera cuando está bien la sopa.

lunes, 1 de enero de 2018


UN LIGERO RECORRIDO POR CATAVI

Llegar a Catavi después de tres décadas de ausencia es como retornar de un largo viaje por tierra y por mar, sobre todo, cuando se tiene la sensación de que uno vuelve al sitio donde tiene anclado una parte de su vida y su pasado. No está por demás referirles que la primera idea que me asaltó a la mente fue la de recorrer por el mismo tramo que había frecuentado en mi infancia y adolescencia, algunas veces bajo los azotes de la lluvia, otras veces bajo el abrasante sol del mediodía y, si recuerdo bien, también entre las corrientes de viento helado, que levantaban nubes de polvo y zarandeaban el follaje de los árboles.

La empresa minera de Simón I. Patiño
 
La población de Catavi, centro administrativo de la empresa minera de Simón I. Patiño en el pasado y submunicipio del gobierno municipal de Llallagua en la actualidad, tiene su propia historia desde mucho antes de que en esta región se construyeran las oficinas administrativas del principal industrial boliviano, quien trajo al país la más avanzada tecnología de explotación minera y contrató a los mejores ingenieros, geólogos y técnicos extranjeros para convertir a su empresa en el centro neurálgico de la producción mundial de estaño.

Simón I. Patiño, como todo hombre de negocios de talla internacional, a medida que fue adquiriendo acciones en las minas de Malasia y Canadá; a medida que invertía en las fundiciones de Inglaterra y Alemania; a medida que creaba oficinas en Nueva York y París, mandó construir, tanto en las márgenes del río como en las laderas de los cerros de Catavi, todo un complejo de edificaciones al servicio de su empresa, donde no faltaban los chalets modernos para sus asesores y empleados, una sede social para el esparcimiento y la vida nocturna, un baño turco con aguas termales, que brotaban de las rocas con propiedades curativas, campos deportivos y el primer y más lujoso teatro de la zona, que todavía lleva su nombre en alto relieve y en la parte superior del frontis.

La compañía Patiño Mines & Enterpreses Consolidated. Inc, ubicada en una llanura polvorienta y pedregosa, fue en la primera mitad de la centuria pasada el bastión de la economía nacional y Simón I. Patiño, que formó parte del superestado minero-feudal, con gobiernos que le servían como perros falderos, amasó fortunas a costa de los trabajadores, quienes sacrificaban sus pulmones para extraer el metal del diablo desde las entrañas de la montaña.


Desde la Gerencia de la Empresa Minera Catavi, rodeada por la pobreza de los campamentos mineros y las comunidades indígenas dispersas, se administró una de las diez empresas más grandes del planeta y se decidió el destino político del país hasta el estallido de la revolución nacionalista de 1952.

En las pampas de Catavi, más conocidas con el nombre de Campos de María Barzola, se ejecutó una masacre minera el 21 de diciembre de 1942, cuando las tropas del ejército, por órdenes expresas del gobierno al servicio de la oligarquía minero-feudal, dispararon sus armas contra una masa de manifestantes que, con las banderas desplegadas y un pliego petitorio en las manos, marchaban rumbo a la Gerencia de Catavi, sin otro propósito que pedir la atención a sus justas demandas.

Las principales calles de la población

Caminar por las calles de Catavi, desde la Plaza Triangular que, los días viernes y a espaldas de los deteriorados campos deportivos, se llena de vecinos y comerciantes minoristas, es volver a revivir la grandeza de un glorioso pasado, pero también una de las peores maldiciones que le tocó vivir a esta población minera: el olvido.

Ya nada es lo mismo desde el DS 21060, que el gobierno de Víctor Paz Estenssoro dictó en 1985, ocasionando que miles de familias abandonaran los campamentos y se marcharan rumbo a otros derroteros, para sobrevivir a la crisis económica que sacudió los cimientos de la nación, tras el descenso de los precios del estaño en el mercado internacional y el inicio de un ciclo de gobiernos neoliberales.

A más de tres décadas de aquel infausto Decreto Supremo, que provocó la muerte estatal de la minería nacionalizada y puso fin al sindicalismo revolucionario, los habitantes que decidieron permanecer en Catavi, contra todo pronóstico y a pesar de todo, viven en algunas casas que, como melladas por el paso inexorable del tiempo, parecen desmoronarse poco a poco. Desde luego que este panorama desolador es diferente al de ese Catavi de antaño que, a diferencia de las poblaciones aledañas, parecía un verdadero vergel, con un clima benigno que permitió el desarrollo de especies forestales, que los técnicos gringos, expertos en minería, se dedicaron a cultivar en un terreno yermo, con la intención de hacer más llevadera y saludable su estadía entre los abruptos cerros del altiplano.


Los chalets y las lujosas viviendas, como la Casa Gerencia, tenían sus propios jardines, ornamentados con una diversidad de flores, como rosas, gladiolos, tulipanes, girasoles y otros. No faltaban los campamentos que contaban con amplios huertos, donde incluso se producían tubérculos, legumbres y hortalizas. Tampoco faltaban las calles donde los transeúntes podían descansar bajo la sombra de los eucaliptos, pinos, abetos y árboles de sauce llorón.

A lo largo de la Avenida Bolívar

Llegar a la calle principal de Catavi, luego de bajar por un caminito serpenteante y asfaltado, es recobrar las esperanzas perdidas, porque se ve mayor movimiento de gente, que da la impresión de que en la población todavía se respira vida, gracias al funcionamiento de algunas de las carreras de la Universidad Nacional Siglo XX, que tiene en marcha la construcción de nuevos edificios, con salones amplios y equipos de última generación, destinados a mejorar las condiciones de trabajo de los docentes y la calidad educativa de los estudiantes.

Sin embargo, en la Avenida principal, bautizada con el nombre del libertador Simón Bolívar, no pueden disimularse, enfrente de las colinas artificiales de lama, levantadas durante décadas con los residuos del concentrado de mineral en el Ingenio Victoria, las desoladas dependencias del antiguo Hospital Minero y el Hospital del Niño Albina Patiño que, en sus épocas de oro, fueron las más grandes y mejor equipadas del país, como lo fue la Escuela de Enfermería. ¡Todo un orgullo de los cataveños!


En la Casa Gerencia, actualmente destinada a albergar los documentos del Archivo Histórico Minero, destacan los pinos y abetos decorando la entrada principal. Ya no es la misma mansión donde vivían, a cuerpo de rey, los gerentes de la compañía Patiño Mines & Enterpreses Consolidated. Inc, a pesar de las restauraciones que se la hicieron con miras a convertirla en el futuro Museo Minero de Catavi.

Al lado de esta mansión, con habitaciones de techos altos, jardín interior y vastos salones, están las deterioradas oficinas de la Gerencia, que desde la nacionalización de las minas en octubre de 1952, sirven a la estatal Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL). En sus locales, tantas veces saqueados y desmantelados, se conserva todavía el escritorio y los principales muebles que usaron los jerarcas de la administración del magnate minero, junto a un antiguo teléfono de cableado, que les permitía comunicarse con La Paz y el puerto de Arica.

El afamado Club Social, que hoy tiene las ventanas con vidrios rotos y las paredes agrietadas, fue uno de los recintos más apreciados de la Empresa Minera Catavi, porque aquí se daba cita la crema y nata de la empresa y se realizaban las fiestas sociales; los hombres asistían ataviados con frac y las mujeres con prendas de lujosa costura. El ingreso de los obreros y empleados de bajo rango estaba terminantemente prohibido por órdenes de los capos. En el exclusivo ambiente del Club Social, que contrastaba con la miserable forma de vida de las familias mineras, desfilaban garzones que servían platillos para los gustos más refinados y un trencito de destilados importados desde Europa, mientras una orquesta contratada para la ocasión amenizaba la fiesta hasta el amanecer.

El Teatro y el Ingenio Victoria

En pleno centro de la Avenida Bolívar, como en un lugar de preferencia, se yergue el portentoso Teatro Simón I. Patiño, que fue construido en piedra labrada, como para que perdurara toda una eternidad. Aunque ahora está descuidada y rodeada de basura, donde merodean los perros hambrientos y pastan las ovejas a su regalado gusto, sigue siendo el monumento que testimonia la grandeza de la Era del Estaño.


A unos pasos más allá, como expuesto sobre una plataforma de mampuesto y argamasa, está el establecimiento del colegio Junín, que antes funcionaba en el primer edificio que se construyó en la pampa María Barzola. Enfrente, donde estaban las instalaciones del Ingenio de tratamiento de minerales Victoria (bautizado con este nombre en honor a una de las reinas de Inglaterra), se lee un letrero que dice: Al infierno no le temo porque sé que en ese infierno se encuentra el anhelo que tanto quiero y por mi patria Bolivia ofrendaré… ¡¡¡Mierda!!! ¡¡¡Carajo!!! En efecto, aquí está acantonada una de las tropas del Regimiento de Infantería Illimani de la población de Uncía, cuyos soldados, que entran y salen por un enorme portón, parecen centinelas custodiando los pocos bienes que quedaron en la Empresa Minera Catavi después del DS 21060; una medida draconiana que provocó el inminente cierre de las minas y una forzosa relocalización, que por poco no dejó a Catavi reducida a una población fantasma cubierta de polvo y arenisca.

De la Cooperativa Multiactiva a la Plaza 6 de Agosto

Caminando en dirección a la Plaza 6 de Agosto, es inevitable no advertir, al costado derecho, la infraestructura de la Cooperativa Multiactiva, antecedida por una caseta de serenería y una valla metálica como puerta de acceso hacia un terreno de producción compartida, donde cientos de trabajadores desarrollan una febril actividad para ganarse el pan del día; al costado izquierdo, sobre una pendiente terrosa y exenta de vegetación, permanece mudas las paredes de la panadería, con sus ventanillas desvencijadas y sus puertas trancadas por dentro y por fuera. De la pulpería, que hasta hace treinta años atrás estaba atestada de gente que acudía a sus almacenes para proveerse de los alimentos de primera necesidad, no queda más que el recuerdo de los tiempos en que Catavi era una población envidiada por otros centros mineros del país.


En la curva cerrada del camino, frente a la puerta de acceso a la Cooperativa Multiactiva, funciona un Garaje de Reparación, donde el visitante es sorprendido por el estridente ruido de los fierros, combos y martillos, que los trabajadores matizan con risas y voces altisonantes. Desde allí es posible divisar el local de Radio 21 de Diciembre, que no dejó de transmitir programas musicales e informativos desde el día de su inauguración, y la plaza principal de Catavi, encuadrada por casitas con paredes de adobe y techos de calaminas de zinc, habitadas por las familias que decidieron permanecer en el lugar, a pesar del cierre de las minas y la relocalización de los trabajadores, que dejó casi en ruinas esta histórica población minera, que constituyó el centro motor de la industria estañífera más sólida y vibrante de América Latina y el mundo.

La piscina y los baños termales

En la parte baja de la Plaza 6 de Agosto, lejos del verdor del parque y venciendo un campamento en ruinas y un edificio destinado a las personas de la tercera edad, están los baños termales de Catavi, al pie de una montaña con formas antropomórficas y antecedidos por la célebre piscina Primero de Mayo, que otrora cobijó a los campeones de la natación nacional e internacional. No son pocos los cataveños que, suspirando con profunda nostalgia y un cierto halo de orgullo, recuerdan a sus mejores nadadores con nombres y señas, como si fueran los héroes de una gloriosa época en la que se defendió con dientes y garras el nombre de esta población minera, situándola con letras de molde en el mapa de Bolivia.


No muy lejos de la piscina, al otro lado de un río que discurre por debajo de un puente, están los balnearios de aguas termales y curativas, que brotan de las rocas volcánicas entre burbujas y soplos de vapor. En los predios de este populoso lugar, concurrido por propios y extraños, y cuyas aguas son aprovechadas al máximo, se ve una hilera de movilidades que transportan a los bañistas que requieren de sus servicios a cualquier hora del día y de la noche.

Aquí, en estos balnearios abrazados por el cauce de dos ríos de aguas turbias, termina el recorrido de cualquier visitante que tiene la curiosidad de conocer las grandezas y miserias de una población minera que, si las autoridades municipales se empeñan en sacarle provecho a su memoria histórica, su multifacética cultura y su singular topografía, puede convertirse en una redituable región turística, junto a las poblaciones vecinas de Uncía, Llallagua, Cancañiri y Siglo XX, donde existen muchas reliquias que ver y un caudal de lecciones que aprender tanto dentro como fuera de los socavones, donde se explotaron las vetas de estaño más ricas del planeta.

Para quien escribe estas líneas, al final de la jornada, un ligero recorrido por Catavi fue suficiente para volver a sentir, como en los tiempos idos, el deseo de quedarse a vivir en estas legendarias tierras del norte de Potosí, donde no todo lo que brilla es plata y mucho menos oro. 

domingo, 24 de diciembre de 2017

ORIGEN Y EVOLUCIÓN DEL LENGUAJE

Para que los individuos de una colectividad puedan comunicarse y entenderse, tienen que regirse por las reglas de un idioma, estructurado sobre la base de normas gramaticales, sintácticas, semánticas y otras de carácter lógico. Quien niegue este sistema de reglas, no conseguirá más que generar palabra y frases -no ideas- que resultarán ilógicas e incongruentes para los demás.

El lenguaje humano, compuesto de palabras, es social porque todos los individuos de una comunidad recurren al mismo idioma para comunicarse entre sí, habida cuenta que cada signo o palabra representa una idea común para todos. Por eso el lenguaje no sólo es una facultad social, sino también una auténtica necesidad del ser humano.

A pesar de las innumerables investigaciones realizadas, no se sabe con certeza cuándo y cómo nació el lenguaje, esa facultad que el hombre tiene para comunicarse con sus semejantes, valiéndose de un sistema formado por el conjunto de signos lingüísticos y sus relaciones. Aunque muchos investigadores tratan de echar luces sobre este misterio, sus resultados no pasan de ser más que meras especulaciones. Empero, por la observación de los gritos de ciertos animales superiores, algunos creen que tales gritos fueron los cimientos del lenguaje hablado.

La evolución del lenguaje

Desde el punto de vista antropológico y etnológico, es indudable que el lenguaje articulado constituye una de las manifestaciones características que separan al hombre de los seres irracionales. Éstos últimos expresan y comunican sus sensaciones por medios instintivos, pero no hablan, a diferencia de los seres dotados de conciencia. Por lo tanto, si tuviésemos que añadir un sexto sentido a los cinco tradicionales, sin duda alguna ésta sería el habla, ya que la lengua, además de servir para el sentido del gusto y otras funciones cotidianas, tiene la aplicación de emitir sonidos articulados, una particularidad que, como ya dijimos, nos diferencia de los animales inferiores con los que compartimos: vista, oído, tacto, olfato y gusto.

De otro lado, el animal no es capaz de planificar sus acciones, puesto que toda su conducta instintiva está determinada por su sistema de reflejos condicionados e incondicionados. La conducta humana, en cambio, se define de forma absolutamente diferente. La situación típica del individuo es el proceso de planteamiento y solución de tal tarea por medio de la actividad intelectual, que se vale no sólo de la experiencia individual, sino también de la experiencia colectiva. Consiguientemente, el hombre, a diferencia de los animales inferiores, sabe planificar sus acciones, y el instrumento fundamental para tal planificación y solución de las tareas mentales es el lenguaje. Aquí nos encontramos con una de sus funciones más elementales: la función de instrumento del acto intelectual, que se expresa en la percepción, memoria, razonamiento, imaginación, etc.

Se supone que el hombre primitivo, que vivía en las oscuras cavernas hace por lo menos cien mil años atrás, hacía simples gestos acompañados de gritos e interjecciones, a la manera de ciertos animales, hasta que pasó a designar oralmente a las personas y cosas de su entorno. Esta designación de las ideas mediante sonidos conformó la piedra angular en el desarrollo cultural y social del hombre primitivo, ya que supone un aumento sin precedentes en la capacidad de abstracción. De modo que el hombre primitivo, dotado de la facultad de hablar, podía comunicarse con sus semejantes y darse a entender. Así habían nacido las primeras palabras, coincidiendo con el empleo de los primeros utensilios. Desde entonces, el lenguaje no sólo es el instrumento prodigioso que permite la comunicación entre los seres humanos, sino la memoria transgeneracional que permite a los miembros de una colectividad compartir sus conocimientos y experiencias a través de la articulación de sonidos.

La diversidad de lenguas

Con el transcurso del tiempo, los hombres primitivos empezaron a vivir en pequeños grupos familiares, usando un lenguaje que era de uso exclusivo del grupo, con palabras que expresaban una idea común para todos. Poco a poco se fueron reuniendo en comunidades más grandes, formando tribus y poblados. Algunos grupos se desplazaron a lugares más o menos lejanos buscando nuevos territorios donde se podía encontrar caza y pesca, mientras otros se trasladaron en busca de regiones más cálidas, generalmente junto a los ríos, donde construyeron sus chozas y consolidaron su lengua materna. Valga aclarar que si los habitantes de un lugar carecían de relaciones con los de otros, no es nada probable que usaran el mismo lenguaje para comunicarse entre sí, lo que hace suponer que desde el principio hubo varias lenguas, y no una sola lengua madre como generalmente creen los defensores del mito bíblico sobre la Torre de Babel.

En cualquier caso, se debe añadir que la evolución del lenguaje ha sido paralela a la evolución del hombre desde la más remota antigüedad. Los idiomas que abundan en la actualidad, agrupados en las ramas de un mismo tronco lingüístico, siguen causando controversias entre los investigadores, puesto que el estudio del origen del lenguaje es tan complejo como querer encontrar el eslabón perdido en el proceso de humanización de nuestros antepasados.

UNA MUÑECA LLAMADA MATRIOSHKA

La famosa muñeca rusa, que responde al nombre de Matrioshka, se dice que fue secuestrada a los japoneses; no la imagen sino la idea: un juguete en forma de un sabio campechano y malicioso, que era el monje japonés Fukurumu, dentro de cuyo cuerpo se alojaban otros fukurumitos de menor tamaño.

La leyenda cuenta que, a finales del siglo XIX, Alexei Manontov (1841-1918), propietario de la prestigiosa tienda moscovita Educación de Niños, obsesionado por el maravilloso juguete de porcelana, lo compró en la isla japonesa de Honshu y se lo llevó dentro de la maleta hasta el país de los zares, con la intención de sorprender a su querida esposa con esta figurilla que no tardaría en popularizase en Moscú.

Desde luego que no faltaron los comentarios que aseveraban que la primera Matrioshka había sido hecha por un monje ruso y cristiano que vivió en las islas japonesas, quien torneó a mano tacos de madera, a manera de volcar su nostalgia por la patria en una muñeca que, una vez pintada y decorada con vivos y cálidos colores, terminó representando la imagen de una mujer aldeana ataviada con vestimentas típicas de la cultura rusa.

Los colaboradores de Alexei Manontov, impresionados por las características de la muñeca que se replicaba en otras más pequeñas, la bautizaron con el nombre de Matrioshka, diminutivo del nombre femenino matriona, que proviene del latín mater (madre de familia); un nombre apropiado que simbolizaba la fertilidad y se asociaba a la madre de una familia numerosa. De esta forma surgió el nombre de la muñeca que, desde principios del siglo XX, llegó a ser la reina de los suvenires rusos y emblema del arte nacional.

La Matrioshka, independientemente del lugar donde tuvo su origen, es diferente al resto de las mujeres del mundo, ya que es una muñeca que está hueca por dentro, conforme puedan caber en su interior otras muñecas de menor tamaño. En 1998 se fabricó la Matrioshka más grande; tenía una altura de metro y medio y dentro de su estructura se alojaban 72 muñequitas. Sin embargo, este récord fue abatido por otra Matrioshka de sólo 90 centímetros, en la que cabían 75 muñecas, cada una de ellas talladas con una precisión meticulosa.

El pintor Sergei Maliutin, diseñador de juguetes para niños, dibujó una reproducción del juguete japonés al estilo ruso, que luego fue torneado en un taco de tilo por Vasiliy Zvezdochkin en un taller de artesanías en Abramtsevo, al norte de Moscú, dándole a la muñeca un aspecto de campesina rusa, de cuerpo ovalado, rostro redondo y ojos radiantes, vestida con diferentes prendas, como un sarafán (vestido de tirantes largos), kosovorotkas (blusas abotonadas a un lado) y un colorido pañuelo que dejaba entrever un mechón de su rubia cabellera, como repeinada con glicerina.

Las Matrioshkas rusas, solicitadas por los turistas como suvenires en las tiendas moscovitas, están hechas de madera, siendo el tilo la más usada debido a su ligereza y textura blanda. El maestro artesano, quien determina cuándo es el momento idóneo para talar la madera, lo secciona transversalmente en dos partes y lo mantiene al aire durante un año como mínimo, antes de trabajar la pieza inferior y superior de la muñeca.

El maestro artesano, como todo artista de prodigiosa imaginación, utiliza pocas pero indispensables herramientas, entre las cuales se incluye el torno y los cinceles de varios tamaños. La primera figura en ser tallada es la más pequeña, siendo ésta la única pieza entera de toda la serie. El proceso, hecho a ojo de buen cubero y sin tomar medidas de ninguna índole, continúa hasta que se hayan concluido todas las muñecas divididas en dos piezas, una inferior y otra superior. A continuación se ahuecan ambas partes, de modo que otra muñeca encaje sin problemas en su interior.

La decoración de la Matrioshka, con pinturas al óleo, témperas o acuarelas, se caracteriza por ser variopinta, con elementos decorativos en la vestimenta y los jarrones que sostienen en las manos. Las muñecas interiores son iguales entre sí, aunque pueden diferenciarse en la expresión del rosto o en el  tipo de jarrón que sostienen. A veces, las más pequeñas de la serie tienen un tamaño tan reducido, que el decorador, además de poseer experiencia y vista aguzada, debe usar una lupa para verlas con nitidez antes de pintarles los ojos, la nariz y la boca.

En 1900, la esposa de Alexei Manontov presentó la muñeca en la Exhibición Universal de París. El juguete ganó la medalla de bronce y despertó el interés del público. Después del éxito en la exposición, comenzó el verdadero boom de la Matrioshka y Manontov recibió pedidos para fabricar esta muñeca en cantidades industriales. Desde entonces, la insuperable Matrioshka llegó a convertirse en la gran embajadora rusa en todo el mundo.

No cabe duda de que la imagen de esta muñeca, que plasma la sonrisa de las simpáticas mujeres rusas, ataviadas con vestidos estampados con flores, pájaros y estrellas de vivos colores, sea la mejor expresión de una cultura donde la mujer aldeana, además de lucir con orgullo los atributos de su raza, es el eje fundamental de una sociedad donde la madre carga a sus hijos en el vientre, como la Matrioshka carga a sus réplicas en el hueco de su cuerpo.

domingo, 3 de diciembre de 2017


HOMENAJE A LOS CREADORES LATINOS EN SUECIA

Algunas olas migratorias, provocadas por circunstancias adversas en la historia contemporánea, van a dar en puertos insospechados lejanos. Éste es el caso de los cientos de miles de latinoamericanos que, cabalgando sobre las olas de un éxodo forzado, desembarcaron en las tierras de Odín.

Algunos de ellos, que destacaron como genuinos trabajadores de la cultura, no están ya con nosotros. La muerte se los llevó al más allá, sin dejarnos más consuelo que la resignación y el recuerdo; pero un recuerdo que persiste en la memoria gracias a su talento creativo, con el cual fueron capaces de forjar obras que perdurarán para siempre no sólo por ser auténticas creaciones del alma, sino también por tratarse de manifestaciones artísticas que se sobreponen a las barreras del tiempo y el espacio.

Estas personalidades del ámbito cultural latinoamericano, obligados a dejar sus territorios tras el advenimiento de las dictaduras militares, asumieron con dignidad su condición de asilados políticos luego de haber sufrido la persecución, la cárcel y el destierro. No se doblegaron ante el terrorismo de Estado ni ante las dificultades que les impuso la nueva realidad; al contrario, con la frente en alto y afrontando el desarraigo, continuaron con su compromiso social a favor de los más desfavorecidos y no dejaron de crear obras que, con los aciertos y desaciertos propios de la imaginación, hoy constituyen un valioso aporte tanto en Suecia como en sus países de origen.

Algunos de ellos anclaron y quemaron sus naves para siempre antes de atracar en los puertos de esa lejana Thule, como Sergio Canut de Bon (poeta chileno), René Rodríguez (escritor chileno), Rafael Bellange (escultor chileno), Gastón Villamán (cantautor chileno), Jeremías Penayo (editor paraguayo), Carlos Geywitz (poeta chileno) y el boliviano Edwin Salas Russo (Carasabe, Santa Cruz, 1954 -1992).

Edwin Salas Russo falleció de una enfermedad incurable en el Hospital de Huddinge, Estocolmo, según informó su esposa Carina Amnér, madre de sus tres hijos. Este boliviano ejemplar, además de haber realizado una amplia labor en el campo literario, se desempeñó en tareas de investigación en la Escuela Superior Real Técnica de Estocolmo, ciudad en la que residió desde 1973, tras huir del golpe militar que se consolidó en Chile. Publicó los poemarios: Conversación con personas extrañas (1983), Delolvido (1986) y Dosenuno (1990). Tradujo al español la obra Indios y blancos del científico sueco Erland Nordenskiöld. Fue miembro y fundador del Grupo Cultural Noche Literaria y uno de los organizadores del Primer Encuentro de Escritores Bolivianos en Europa, que se llevó a cabo en septiembre de 1991. El deceso de Edwin Salas Russo implicó una pérdida irreparable tanto para las letras bolivianas como para la colonia de residentes bolivianos en Suecia, entre los que se destacó por su generosidad y su labor desinteresada puesta al servicio de la difusión de los valores culturales de su país.


Otros, al igual que los viejos elefantes que prefieren dejar sus restos en su propio panteón, decidieron retornar a la tierra que los vio nacer para descansar en paz, como Aníbal Sampayo (cantautor uruguayo), Carlos Bongcam (escritor chileno), Jaime Barrios Peña (escritor guatemalteco) y Mario Romero (Tucumán, Argentina, 1943 - 1998), cuya vida fue el vivo reflejo de un ser sensible, creativo y comprometido con la realidad social.

Mario Romero, aunque vivía con la desesperanza de no volver a ver los paisajes de su tierra natal, porque la muerte se lo privaría, como las dictaduras militares le privaron el derecho de vivir en paz, cumplió con su sueño de retornar a su Tucumán tantas veces añorado y soñado en las nieves y los lagos de un país escandinavo que dejó de ser lo que era. Estaba consciente de que el destino le jugaría una mala pasada y que la muerte le cortaría las alas en la plenitud de su poesía, pero estaba también consciente de que volvería a sentir, así sea al borde de la muerte, el afecto de sus parientes y amigos, quienes, sin resquicios para la duda, lo tendrán eternamente en el recuerdo, así no vuelvan a estrecharle la mano ni a dirigirle la palabra.

A nosotros, los latinoamericanos que lo conocimos en la diáspora del exilio, sólo nos queda agradecerle por su tolerancia y desprendimiento desinteresado hacia los amigos, con quienes compartió aquello que él plasmó en una de sus poesías, luego de haber leído la tarjeta postal que le llegó desde Madrid en 1982: Que la poseía nos salve mientras pueda. Claro está, su poesía ya lo puso a salvo, y el niño que habitaba en él se quedó entre nosotros, para quererlo y protegerlo. Ahora sólo falta que sus versos sean dispersados como hojarascas por el viento y lleguen a las manos de quienes los leerán, amarán y conservarán como a los hijos de su alma.

No cabe duda de que a estos creadores latinoamericanos, cuya enorme sensibilidad humana los convirtieran en destacados trabajadores de la cultura, se los recordará siempre en Suecia, con lo mejor que sabían hacer en el campo de las artes plásticas, la música y la literatura. Por eso mismo, estoy seguro que un buen día sus obras y sus vidas formarán parte de alguna institución cultural que rastreará sus huellas para dejar constancia de su paso por este país cada vez menos ancho y más ajeno.

Aunque vivieron muchos años en Suecia, ejerciendo oficios diversos para ganarse el sustento diario, se sentían profundamente latinoamericanos, incluso a la hora de cultivar su arte, como quienes, de un modo consciente o inconsciente, saben que sus obras son el mayor testimonio de sus vidas; un testimonio que no sólo servirá para reconstruir la historia de la diáspora latinoamericana, sino también para que las futuras generaciones sepan las razones por las cuales llegaron a poblar esas tierras tan distintas y tan distantes de las suyas.

Rendirles un sincero y sentido homenaje es poco menos que una obligación para quienes tuvimos el privilegio de compartir con ellos lo bueno y lo malo que depara una vida en el exilio, sin saber que el destino, a veces, da un pasaje de ida pero no de vuelta, tal como ocurrió con algunos de los compañeros mencionados, quienes legaron sus obras para la posteridad, pero que dejaron sus restos en las tierras de Odín.

sábado, 2 de diciembre de 2017


EL EMPERADOR DERROTADO

Jean-Bédel Bokassa, conocido también como Emperador Bokassa I, nació en Bobangi, Congo francés, el 22 de febrero de 1921. Fue hijo de un líder tribal, quedó huérfano a los seis años y su abuelo se esforzó por convertirlo en obispo o cardenal, pero él prefirió la carrera militar. Se enroló en el Ejército de Francia y combatió en Indochina y Angola, en las que obtuvo la Cruz de Guerra y la Legión de Honor.

Bokassa asumió el mando del poder en enero de1966, tras fraguar un golpe de Estado contra su propio primo, el presidente David Dacko. Desde entonces comenzó a gobernar por decreto, con el apoyo del partido nacional Mouvement por l'évolution sociale de l'Afrique Noire (Movimiento por la Evolución Social del África Negra), del cual, dos años más tarde, fue su único y absoluto líder. 

La ceremonia de auto coronación

En febrero de 1976,  sobrevivió a un intento de asesinato; un hecho que lo llevó a concebir la idea de perpetuarse en el poder creando un régimen monárquico, así fue como, el 4 de diciembre de 1977, se auto coronó Emperador Bokassa I en una fastuosa ceremonia católica, que causó estupor tanto dentro como fuera del país, porque la ceremonia costó más de 20 millones de dólares y contó con la presencia de varios sectores populares, que lo admiraban por sus ocurrencias pintorescas, como eso de apalear a los ladrones ante las cámaras de televisión.

Se cuenta que el día de su coronación, apenas sus subalternos iniciaron los protocolos de rigor, Jean-Bédel Bokassa examinó su apariencia en el espejo, apoyándose en un bastón de mando, los talones juntos y luciendo sus atavíos cubiertos con medallas de oro, mientras su esposa de entonces, la bella y joven Agustine, le hacía escuchar la música sagrada en un disco de 45 revoluciones, que era el mismo ritmo de un hombre que tenía su talón de Aquiles en las mujeres. No en vano tuvo en su vida 17 esposas y 55 hijos, sin contar ases ni espadas.

Después salió de su palacio y se metió en una carroza a cargo de transportarlo hasta el estadio deportivo pintado de rojo y tapizado de tela que remedaba torpemente el interior de un palacio. La carroza, decorada de esmeraldas y palmas de oro, fue atravesando multitudes de arcos triunfales sostenidos por columnas de cartón piedra, entretanto toneladas de pétalos de rosas, conservados para la ocasión en frigoríficos especiales, llovían a raudales sobre el techo millonario de la carroza.

El reciente Emperador Bokassa I, a modo de ostentar su título imperial, tenía la frente ceñida por laureles de oro y lucía una túnica de terciopelo gris constelada de perlas, tan valiosa como para que los pétalos parecieran meras mixturas de papel. Doce bordadores habían trabajado sin cansancio durante cuarenta noches para poner fin a un exótico atuendo, tejido con hilos de oro, ribeteado de armiño y de más de diez metros de largo. Doce pajecitos, disfrazados de miles de dólares de tules y chambergos, acompañaron a Bokassa hasta su palacio de Bérengo, donde estaba instalado su trono chapeado en oro y en forma de águila imperial, a la usanza de los faraones y emperadores romanos.

Los opositores y sus aliados

La osadía de auto coronarse como Emperador, transformar la República en Imperio y él en su César perpetuo, les hizo pensar a sus opositores que Bokassa estaba loco y no faltaron quienes lo compararon con el dictador ugandés Idi Amin Dada, conocido por gobernar su país con mano de hierro y sobre el cadáver de sus enemigos.

La auto coronación de Jean-Bédel Bokassa, en presencia de los dignatarios de naciones vecinas y 5.000 invitados, estuvo salpicada de escándalos e imputaciones de graves violaciones a los derechos humanos, aunque él justificaba el establecimiento de la monarquía constitucional, arguyendo que esto ayudaría al país a desmarcarse del resto del continente y obtener el respeto del mundo, consciente de que sin grandeza, no se puede forjar un imperio.


A pesar de las críticas de la oposición contra la draconiana dictadura, Francia continuó apoyando a Bokassa. El presidente Valéry Giscard d'Estaing era su amigo y fiel defensor del Emperador, y suministró al régimen importante ayuda económica y militar. En agradecimiento, Bokassa llevaba al mandatario galo a excursiones de caza y le entregaba diamantes en calidad de agasajos, y, como si fuera poco, proveía a Francia de uranio, mineral vital para el programa de armas nucleares francés.

La caída del imperio

En enero de 1979, las fuerzas armadas protagonizaron una masacre de civiles en Bangui, la capital de la nación africana, en un intento por controlar los disturbios protagonizados por los movimientos de oposición al régimen que, durante más de una década, aplicó el terrorismo de Estado para mantener a jaque a los opositores. La represión contra los disidentes fue implacable y en las sesiones de tortura participaba él en persona, rodeado de una guardia pretoriana fuertemente armada, que cumplía ciegamente las órdenes del mandamás.

Las protestas se multiplicaron y así llegó la hora de la asonada final, del 17 al 19 de abril, un importante número de escolares fueron arrestados después de que protestaran contra el uso de costosos y ridículos uniformes diseñados por el Emperador, y alrededor de un centenar fueron asesinados sin piedad. La matanza encendió la chispa de una rebelión nacional, que se escapó del control de los aparatos represivos del régimen monárquico y antidemocrático.

El ex presidente David Dacko, respaldado por el gobierno de Francia y aprovechando la ausencias del Emperador, que se encontraba de visita oficial en Libia, protagonizó un golpe de Estado, el 20 de septiembre de 1979, con el apoyo de una enfurecida soldadesca que se amotinó contra los oficiales sometidos a Bokassa, quien, como en una película con inesperado final, vio a su primo David Dacko entrar en el palacio por la misma puerta por donde lo sacó trece años antes.

Con el retorno de David Dacko al poder, en medio de la pólvora y el fragor de las armas, se acabó con la cruel monarquía del país centroafricano y se restauró la República, mientras el dictador, para no ser linchado por una turba enardecida, logró huir al extranjero, escoltado por los guardianes que velaban por su seguridad.

La soledad del exilio

El Emperador derrotado solicitó asilo político en Libia, pero el presidente Muamar el Gadafi se negó a recibirlo porque no representaba ya a ningún Estado. Entonces Jean-Bédel Bokassa, convencido de que sus aliados lo habían abandonado en los perores momentos de su vida, decidió refugiarse en París. Su avioneta privada consiguió aterrizar cerca de la capital francesa y el gobierno rehusó cualquier contacto oficial con quien fue tumbado por un alzamiento armado. Bokassa se estableció en un palacete que había adquirido años atrás en las proximidades de París, rodeado de los óleos de Napoleón Bonaparte, su ídolo, del general Charles de Gaulle, su tutor, y de la emperatriz Catalina.

Aunque su vida no corría peligro en el exilio, Jean-Bédel Bokassa no cesaba en su empeño por regresar a su país y recuperar el poder político a cualquier precio, pues no podía soportar la idea de que un ex Emperador, acostumbrado a las deslumbrantes ceremonias, a ser recibido con todos los honores por sus homólogos y a los lujosos hoteles, haya perdido el poder y los diamantes, porque en el exilio no contaba con el apoyo de sus antiguos aliados y mucho menos con el apoyo de sus coterráneos, quienes apenas lo recordaban cada vez que amenazaban a los niños que no querían comer: Vendrá y te llevará el ogro de Bérengo.

Del exilio al banquillo de los acusados

El 24 de octubre de 1986, después de unos accidentados exilios en Costa de Marfil y Francia, retornó a la República Centroafricana, junto con cinco de sus hijos, pese a la amenaza que pendía sobre su vida. Las multitudes no le esperaron para coronarlo otra vez, tal y como él se imaginaba, sino para sentarlo en el banquillo de los acusados, imputado, entre otros delitos, de haber mandado asesinar a una de sus esposas y a tres policías que mantuvieron relaciones sentimentales con ella, de conspiración contra el nuevo régimen y de apropiación indebida de los bienes del Estado.


Tras un juicio de responsabilidades, que duró siete meses, fue condenado a muerte por un tribunal republicano, pero su pena fue conmutada por la de cadena perpetua; la misma que, posteriormente, fue reducida a veinte años de prisión. Mas no por eso, Jean-Bédel Bokassa se salvó de pasar a la historia como uno de los tiranos más abominables del continente africano, incluso se llegó a rumorear que desmembraba a sus enemigos como animales cazados en un safari, no sólo para alimentar a sus cocodrilos, sino también para satisfacer su deseo de comer carne humana.

No en vano, después de trece años de una sanguinaria dictadura, fue acusado de genocidio y canibalismo. Los testigos que entraron en su suntuoso palacio declararon haber encontrado en los congeladores cadáveres humanos con los miembros mutilados. Brian Lane, en su libro Los Carniceros, relató varios episodios escabrosos protagonizados por Bokassa; por ejemplo, que su cocinero personal, en una de sus declaraciones, lloró mientras recordaba cómo el ex dictador le había llevado a la cocina una noche y le ordenó que preparase una cena muy especial con un cadáver humano guardado en el congelador...

Un final sin pena ni gloria

Al cabo de un tiempo, mientras purgaba sus delitos detrás de los barrotes de la cárcel, el presidente André Kolingba declaró una amnistía general para todos los presos en uno de sus últimos actos como mandatario; el antiguo Emperador y otros adictos a la Corte fueron liberados el 1 de agosto de 1993.

Sin embargo, Jean-Bédel Bokassa no volvió a ser el mismo de antes y la historia de su vida, que de muchas maneras se parece a un cuento mal contado, tuvo un desenlace sin pena ni gloria, puesto que este personaje siniestro, enfermo del corazón, los riñones y el cerebro, murió fulminado por un ataque cardiaco a los 75 años edad, el 3 de noviembre de 1996. Y, aunque fue sepultado con honores de jefe de Estado, acabó sus días como cualquier dictador despojado del poder por un levantamiento popular, que lo alejó de la grandeza del pasado, la gloria con la que soñó en vida y lo puso al olvido de la gente, por mucho de que él haya pretendido hacerse dueño de un país como si fuera finca de su propiedad.

martes, 21 de noviembre de 2017


LA POESÍA DE PROTESTA Y ESPERANZA 
DE ALBERTO GUERRA GUTIÉRREZ

Alberto Guerra Gutiérrez (Oruro, 1930 – 2006). Poeta, investigador cultural y profesor innato. Trabajó de joven en el interior de la mina; vivencia que supo traducirla en una poesía sentida y explosiva. Su legado bibliográfico, en varios géneros literarios, es fecundo y merece un estudio serio. Fundó y dirigió la revista El Duende, que, desde hace varios años, se edita como suplemento literario del diario La Patria. Formó parte de la segunda generación del grupo literario Gesta Bárbara. Ejerció como profesor en varios distritos mineros, coordinó proyectos culturales en la Universidad Técnica de Oruro y en la Alcaldía Municipal. Fue miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua y de la Asociación Latinoamericana del Folklore.

Alberto Guerra Gutiérrez, como pocos de los escritores de su generación, fue un incansable animador de las manifestaciones folklóricas en su ciudad natal y un reconocido mentor de los jóvenes poetas, a quienes los reunía en encuentros literarios y los encaminaba por los senderos de la versificación. Era una persona de trato amable y hablaba siempre con la sinceridad entre las manos. No en vano nos dice en los versos de uno de sus poemas: Mi casa tiene ojos claros/ como el alba/ y una rosa enamorada/ atisbando por rendijas/ de su puerta que es mi propio corazón,/ hecho de maderas dulces y de esperanza. Así era Alberto Guerra Gutiérrez, un poeta que tenía las puertas abiertas de su corazón, dispuesta a dejar pasar a cualquiera que quisiera acercarse a la sensibilidad más honda de este gran tejedor de pasiones, sueños y palabras.

Inicios de un quehacer poético

A principios de los años 90 del siglo pasado, cuando le hice una entrevista, le pregunté cómo y cuándo empezó su interés por el quehacer poético. Me miró algo sorprendido, aspiró el humo del cigarrillo y contestó: En mi vida tuve dos profesores; uno ha sido Juan Revollo, quien, estando yo en el quinto o sexto curso de primaria, fue el primero en hablarnos de la métrica del verso y de la gramática castellana. Él nos enseñó la composición de las coplas y los versos. A mí me gustaron mucho sus lecciones y escribí, a modo de ejercicio, muchas coplas, que acabaron gustando entre los compañeros de mi clase. Por desgracia, no he tenido el cuidado de conservar estas primeras composiciones. En secundaria, tuve otro gran profesor de lenguaje y literatura, Luis Carranzas Siles, quien, con paciencia y habilidad didáctica, nos introdujo en el estudio de la literatura. De este modo empecé a leer seriamente las obras de los clásicos, como ‘Don Quijote’ de Cervantes y ‘Hamlet’ de Shakespeare. No sólo aprendí a memorizar los versos de Bécquer y Espronceda, sino también a estudiarlos, junto a otras obras del modernismo literario que, habiendo nacido en América a principios de siglo XX, volvían de España con voces tan firmes como las de García Lorca y Juan Ramón Jiménez. Ahora bien, estando todavía en el colegio, me reuní con algunos amigos, con Humberto Jaimes, Ricardo Lazzo y Héctor Borda, entre otros, que formaban parte de la segunda generación de ‘Gesta Bárbara’, movimiento poético al que yo me incorporé en 1947. Desde entonces, empecé a asumir con seriedad el quehacer poético.

A varios años de su muerte, la ciudad de Oruro y su Carnaval, declarado por la Unesco Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, lloran todavía por la partida de este escritor con alma de niño, que supo ganarse el aprecio de sus coterráneos con la humildad y la honestidad que lo caracterizaban. En la actualidad, una plaza y una biblioteca llevan su nombre, y esperemos que sean más las instituciones educativas y públicas que estampen el nombre de Alberto Guerra Gutiérrez, como un justo homenaje a una personalidad que, con los versos y la historia de su corazón, lo dio todo por su terruño hecho de mitos, leyendas, folklore y sufrimientos.


Alberto Guerra Gutiérrez, considerado uno de los escritores más importantes de la Literatura Infantil boliviana, era un niño grande en toda la extensión de la palabra y un poeta que sabía compartir las tristezas de los niños desamparados y las alegrías de quienes gozaban de protección y cariño. En su afán por revelarnos el lado más humano y sensible de su personalidad, elaboró la antología El mundo del niño, junto con el poeta Hugo Molina Viaña. No conforme con esto, escribió el poemario Baladas de los niños mineros, un maravilloso libro dedicado al niño trabajador, a ese niño que, en lugar de asistir a la escuela, jugar y gozar de su infancia, se ve obligado a trabajar en los tenebrosos socavones de la mina. Por todo esto, la poesía de Alberto Guerra Gutiérrez es un grito de protesta pero también de esperanza.

Contacto con el mundo minero

La poesía infantil de Alberto Guerra Gutiérrez, de un modo general, está articulada a la temática minera; una realidad que lo impactó desde que hizo su kindergarten en la población de Siglo XX, al norte del departamento de Potosí, en tiempos en que su padre ejercía como técnico de la Empresa Simón I. Patiño. Más tarde, cuando su progenitor fue transferido a las minas del Sur, el futuro poeta fue atraído por el mundo de las familias campesinas que, a poco de abandonar sus parcelas, se proletarizaban en las empresas de los magnates mineros.

Su compromiso social con los trabajadores del subsuelo se consolidó cuando él mismo, mientras estudiaba en el Colegio Saracho de Oruro, ingresó a trabajar en la Empresa Minera San José, donde, en una cuadrilla compuesta por trece obreros, tuvo como a su maestro principal a Manuel Fernández, ese personaje cuya dramática vida lo inspiró a escribir su poemario Manuel Fernández y el itinerario de la muerte, que, más que ser un simple retrato cronológico de un obrero que termina sus días en la calle, reventado por la silicosis y el alcohol, es un verdadero canto a los mineros bolivianos desde el punto de vista simbólico y metafórico.

No cabe duda de que en el interior de la mina, el poeta hizo carne de su carne y sangre su sangre de la realidad minera, que se expresa de manera figurativa y apoteósica en una parte de su obra poética -incluso en su ensayo antropológico sobre el Tío de la mina-, que lo identifica con los ritos pagano-religiosos, vivencias, ideales y sentimientos de los trabajadores del subsuelo, a cuyos hijos los tuvo como alumnos en la escuela y a quienes les dedicó sus Baladas de los niños mineros.

Luego de haber trabajado en el interior de la mina por el lapso de un año y medio, lo suficiente para conocer los recovecos de un ámbito cargado de tragedias, luchas y esperanzas, Alberto Guerra Gutiérrez prosiguió sus estudios en la Normal Superior de su ciudad natal, hasta que en 1954,  una vez egresado como maestro de educación primaria, pidió voluntariamente ser destinado a Kataricagua, distrito aledaño a la población de Huanuni, donde trabajó durante cinco años con los hijos e hijas de las familias mineras, que le ganaron el corazón y le dieron las pautas para escribir, uno a uno, los versos que conforman su poemario Baladas de los niños mineros, que lo sitúa a la altura de su entrañable amigo y compañero de letras Hugo Molina Viaña, quien también trabajó como profesor en varios distritos mineros.

Con los niños en el corazón

Fue justamente Molina Viaña, quien, en una carta dirigida a su dilecto amigo -una carta que luego se insertó como prólogo en la primera edición del libro, en 1970-, le dedicó palabras de honda connotación humana: Nuestros niños mineros, ausentes del pan nuestro, mordidos por el hambre y la miseria, perseguidos por el ‘búho de alas rojas’ de la tragedia. Tus niños mineros, los míos, los nuestros, crucificados en un madero de desnudez, intemperie y enfermedad, verán la luz cuando se hable al mundo de su breve paso por la vida, sin golosinas ni juguetes; hasta les privaron de un libro de lectura (…) Que en los maestros palpite el mensaje de tus Baladas, que el pueblo boliviano se dirija a los niños de las minas, por los que está en deuda siempre; encendiste la estrella de la poesía social en la Literatura Infantil boliviana (…) En ‘Baladas de los niños mineros’ está todo el dolor de los ojos luminosos de la ternura lacerados por profundas ojeras de orfandad y duelo (...) Alberto, poeta de los mineros; desde mi escuela añorada de niños mineros con el cuerpo cubierto por un mapa de harapos, allí donde aprenden los ‘derechos humanos’ en cuadernos de ladrillo y mobiliario de adobes, que tu denuncia avergüence a los malvados para siempre.


Las Baladas de los niños mineros, compuestas al ritmo de arrullos de cuna, con un lenguaje lúdico y figurado, revelan la sensibilidad y el dolor que siente el poeta ante la cruda situación de los niños: Arrurrú mi niña/ trozo de metal./ Si duermes mi niña/ yo te compraré,/ una olla grande/ y algo de comer. En otros versos se lee: Duérmete mi niño/ pequeño minerito,/ duérmete y no llores/ que el ‘Tío’ se enoja/ cuando pides pan. Así les canta Alberto Guerra desde su corazón de niño grande, mientras los cobija entre sus brazos y los induce al aprendizaje inicial de la lectura y la escritura, como todo buen maestro que no sólo comparte sus conocimientos, sino también sus sentimientos que ayudan a forjar la personalidad y el porvenir de los niños mineros.

Los pensamientos de Alberto Guerra Gutiérrez, plasmados en el poemario Baladas de los niños mineros, son auténticos y carecen de hipocresía toda vez que se refiere, con fina pluma y firme pulso, a los sueños y pesadillas de los pequeños obreros. El poeta y profesor de infantes estaba consciente de que era posible romper los cercos de la pobreza y la desgracia con esfuerzo y educación. No en vano les recordaba, con un hálito de esperanza, diciéndoles que no todo estaba perdido, aunque seas lo que somos/ un minero, nada más;/ aunque tejas en tus dedos/ hilos de pena y dolor.

La poesía al servicio de los oprimidos

Alberto Guerra Gutiérrez fue el poeta comprometido con la realidad social de su época y nunca dudó en declararse amigo de los desposeídos, junto a quienes aprendió a morder el pan duro dos veces antes de cada bocado y junto a quienes, debido a las duras pruebas que a veces impone la vida, aprendió a valorar el sentido ético de la poesía, que es algo más que una simple cadencia de palabras que engranan melódicamente en el discurso poético. Es decir, en la percepción de Alberto Guerra Gutiérrez, el poema, además de ser la máxima expresión estética del lenguaje en una composición poética, debía ser un instrumento de denuncia y protesta contra las injusticias sociales. De ahí que en cierta ocasión, cuando le hice una entrevista, me confesó que él siempre pensó en poner la poesía al servicio de los oprimidos, tratando de hacer de la poesía la voz de los sin voz. Luego prosiguió: Creíamos que el sector minero estaba demasiado reprimido no sólo social y económicamente, sino también espiritualmente; por eso, tanto Borda Leaño como yo, tratamos de seguir los surcos trazados por Luis Mendizábal, Walter Fernández Calvimontes y otros, y tratamos de hacer una poesía minera, denunciando las atrocidades y las injusticias que se cometían contra este sector.



En esta ocasión es preciso aclarar que los versos reunidos en Baladas de los niños mineros corresponden, por definirlo de alguna manera, a dos etapas de su creación literaria, ya que en la VII parte de la segunda edición revisada y complementada de 1998, se añadieron algunos versos referentes a la nefasta relocalización minera, que no aparecen en la primera edición del poemario, ya que la relocalización se produjo recién en 1985, tras el D.S. 21060; pero que, sin embargo, el poeta estimó conveniente -y hasta necesario- incorporarlos en la nueva edición del libro que, de otro modo, hubiese estado incompleto si no se contemplaba este importante episodio en la historia contemporánea de la minería en Bolivia.

Baladas de los niños mineros es una magnífica muestra de que la poesía infantil boliviana -que se nutre tanto del lenguaje cotidiano como del lenguaje lúdico, que juega con las metáforas y la musicalidad de las palabras- no está exenta de una realidad social que, por mucho tiempo y a espaldas de las convenciones internacionales sobre los Derechos de los Niños, tocó la sensibilidad de varios poetas nacionales, quienes no escatimaron esfuerzos para versificar, con idoneidad y conocimiento de causa, una realidad que se clava como una espina en el pescuezo de un país donde innumerables niños, empujados a trabajar en los inhóspitos socavones, formaban parte del sistema de explotación capitalista y la elevada tasa de deserción escolar.   

Su busto en una plaza de Oruro

En el Barrio Jardín -zona norte de la ciudad de Pagador-, donde antiguamente los arenales jugaban con el viento, me tomé una fotografía junto al busto de Alberto Guerra Gutiérrez, una fría tarde de agosto y poco antes de que el ocaso empezara a teñirse en el horizonte. La plaza, de ambiente acogedor y arquitectura ornamental, luce un puente en la parte central y una fuente que genera cortinas y chorros de agua.


Ver el busto de Alberto Guerra Gutiérrez, en un sitio público que hoy lleva su nombre, me causó una insondable alegría, una alegría de esas que pocas veces emergen como torbellino desde el fondo del alma. No era para menos, este poeta yatiri era digno del mejor de los elogios de parte de sus coterráneos. Había que recordarlo de este modo, porque fue uno de los pocos intelectuales orureños que, a través de las filigranas del verso y los ensayos de antropología, dio a conocer el blasón de la ciudad, rescatando del acervo cultural la parte más mágica y tradicional del Carnaval de Oruro.

Alberto Guerra Gutiérrez fue un hombre que, desde la sencillez y la sabiduría, sabía ganarse el aprecio de los amigos con su amabilidad y sonrisa franca. Lo conocí personalmente en el Primer Encuentro de Poetas y Narradores de Bolivia, celebrado en septiembre de 1991 en Estocolmo, donde lo vi oficiar un ritual de ch’alla como todo buen yatiri y donde conversamos, entre trago y trago, de poesía y de folklore, mientras el humo del tabaco negro dibujaba en el aire las siluetas de los amores y desamores en la vida de un poeta acostumbrado a desgranar sus versos entre los corazones violentamente apasionados. 


Un justo homenaje

Años después, cuando supe que cayó fulminado por un ataque cardíaco en plena calle, mientras caminaba rumbo a su casa, lo primero que sentí fue una honda tristeza y luego cruzó por mi mente la idea de que los orureños, junto a los miembros de la Unión Nacional de Poetas y Escritores (UNPE) y las autoridades ediles, estaban en la obligación de rendirle un justo homenaje, a modo de perpetuar su memoria, dedicándole una calle, una plaza o bautizando alguna de las instituciones culturales con su nombre, para que las futuras generaciones sepan quién fue Alberto Guerra Gutiérrez, ese vate de la poesía social, amigo de los niños mineros y querendón de las tradiciones más auténticas de su pueblo.

Su aporte a la cultura fue enorme: organizó tertulias literarias entre amigos, trabajó en la mina y ejerció la docencia, realizó estudios antropológicos sobre la cultura de los urus y desentrañó los mitos y las leyendas de la meseta andina. Su espíritu de investigador autodidacta y su inquietud por contribuir al ámbito de la literatura, lo impulsó a escribir libros con temática diversa, tanto en verso como en prosa.

El haber estado en la plaza que lleva su nombre, me colmó de honda satisfacción y el corazón me latió como caballo al galope, no sólo porque vi su busto sobre un pedestal y una placa recordatoria, sino también porque fue un amigo del alma, de esos a quienes basta conocerlos una vez para tomarles cariño y saberlos que siempre estarán ahí, como esos viejos duendes que, sin dejarse encadenar por los caprichos de la muerte y ansiosos por retornar al reino de los vivos, se nos aparecen una y otra vez.

Así permanecerá el poeta yatiri entre los milagros de la mamita Candelaria y los danzarines del Carnaval, entre las dunas de arena y el lago Poopó, entre los cerros donde mora la víbora y los socavones donde los mineros horadan el vientre de la Pachamama, entre la roca que representa al cóndor y la roca que representa al sapo, porque como bien afirma la creencia popular: Alberto Guerra Gutiérrez no se fue definitivamente con la muerte, por eso siempre estará entre nosotros convertido en viejo duende.

Datos bibliográficos

Poesía: Gotas de Luna (1955); Siete poemas de sangre o la historia de mi corazón (1964); De la muerte nace el hombre (coautor, 1969); Baladas de los niños mineros (1970); Yo y la libertad en exilio (1970); Tiras de poesía Lilial (1978); La tristeza y el vino (1979); Manuel Fernández y el itinerario de la muerte (1982); Hálito que se descarga en pos de la belleza (1989); Égloga elemental y una revelación de íntimo recogimiento (2000); Obra poética (2003). Investigación: Antología del Carnaval de Oruro (3 v., 1970); Guía del investigador de campo en folklore (1970); La picardía en el cancionero popular (1972); Estampas de la tradición de una ciudad (1974); El Tío de la mina (1977); El Carnaval de Oruro a su alcance (1987); Pachamama (1988); Chipaya, un enigmático grupo humano (1990); Folklore boliviano (1990). Antología: Antología de la poesía del amor (1971); La poesía en Oruro (coautor con Edwin Guzmán, 2004). Su obra inédita está siendo cuidadosamente recopilada por su esposa Celia Cuevas de Guerra.